Albano Cruz
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Ministerio del Tiempo

«La política de la mentira no sólo busca el desprestigio asociando conceptos negativos a lo calumniado. Obliga a una posición defensiva por parte de quien es atacado, a que gaste energías y recursos en restablecer su buen nombre.» dice Daniel Bernabé.

Y no puede tener más razón (a veces es así). El Sr. Bernabé apunta con certeza a la suave concesión e integración que hemos hecho de ese vivir que es la individualidad masiva, esa colección de personas-únicas que creyéndonos todas distintas no somos más que una masa indiferenciada.

Porque la diferencia subsiste mientras no miremos a los demás, y comprobemos que tienen nuestras mismas estanterías, nuestras mismas barbas, nuestros mismos problemas. Esa diferencia radica en que somos teóricos de nuestra individualidad, individuos de sillón y videojuego, individuos teóricos de la rebeldía (nada más satisfactorio para el Poder que cada uno nos creamos héroes) e individuos prácticos de la pasividad.

Que decimos mucho, y que hacemos poco y nada, vaya.

La identificación es un hacer-se. Es un ejercicio (que no un deporte, que no un juego de suma cero) de contacto. Que sólo sirve si sales y tocas al otro, a los demás. Y primero sin requisitos previos ni demandas de admisión.

Como hace la PAH.

Así que el control que el Poder (eufemismo para hablar de quien toma decisiones que nos afectan, y de su moralidad, de su ética, y de lo poco que le importamos) tiene parte de incidencia en el contacto entre nosotros. Es prioritario, como hoy, desarticular los espacios de roce, de coexistencia, de descubrimiento que somos casi uno. Que nos parecemos.

Pero hay un entresuelo, un sótano, unos cimientos de ese encuentro. Los cuerpos, los roces y la identificación no suceden si no hay Tiempo para dedicarle. Hay que poder hacer, que es un proceso. Hay que tener tiempo.

Tal es el origen de los liberados. De los sindicales, por ejemplo. O del artista ─que no es más que un liberado de la rutina común para poder otorgar libertad a su experimentar─. Pero también es el origen del político. Hace falta tiempo, en exclusiva, porque los esfuerzos lo consumen.

Y aquí cae el complemento a las reflexiones del Sr. Bernabé.

El Poder (ese/a tipejo/a que se empeña en decidir por mí) del que no formo parte, del que me impone este fascismo de baja intensidad, busca agotar nuestro recurso más importante: el tiempo.

Los “de arriba” tienen abogados, asesores, y demás. Nosotros no.

El Poder puede desdoblarse, personarse a través de representantes que liberan al poderoso del tener que estar. Nosotros no.

El Poder puede presentar recursos, dilatar plazos, disculpar tropiezos e introducir retrasos justificando no entender. Nosotros no.

El Poder ejerce la opresión directa como en los desahucios o en las manifestaciones. Pero también más sutil aunque visible: el sueldo de mierda que da lo justo para sentir la miseria, pero suficiente para creer no caer en ella. ¿Qué pagamos a cambio? Sólo poder emplear el tiempo en trabajar. En nada más. En agotarnos. En cometer errores. En sobrevivir, que lo ocupa todo.

El objetivo es controlar nuestro tiempo. Imponernos un horario y calendario. Y hacerlo desde el chantaje sobre lo que nos ata de una forma primaria. Perder el sueldo de mierda es perder a nuestros hijos. Perder el sueldo de mierda es la exclusión. Perder el sueldo de mierda es morir. De hambre, de frío, de enfermedad. Literalmente.

Tener el sueldo de mierda es no poder hacer otra cosa que no perder más. Extenuados.

El que tenga suficiente tiempo a su libre disposición se convierte en un problema, como nos ilustró la Cifuentes con el 15M, al acusar a quien participaba de estar financiado por IU. ¿Sus motivos? Los recursos que se podían adivinar tras tanto abogado en las filas de los fláuticos varios. ¿El verdadero motivo? Los abogados activistas estaban en paro. Y el paro no te da dinero, pero sí te libera tiempo.

El Poder reacciona rápido. Y en este caso, nos atiza con una respuesta rápida: emigrad.

Si tienes tiempo libre y un futuro de mierda mortal aquí, y la promesa de sobrevivir en otro lado, no hay mucho que hacer. Te vas. La emigración es la concesión que nuestra desesperación le entrega a estos déspotas. Con un 1% ─aproximado, ojo, pero da lo mismo, es brutal sea palmo arriba, palmo abajo─ de emigración anual, lo que tenemos es un 1% de desobedientes potenciales yendo a parar a otros países. La masa crítica se disuelve, se dispersa. Tú a Boston y yo a California. No nos encontramos en el aquí, y no nos encontramos en el ahora.

Emigrado ejerces tu tiempo libre (que tampoco) en otro lugar, bajo otro gobernante. Ahora no eres problema de aquí. ¿Cómo no va transformar el Poder (sí, ese/a imbécil que manda) la huida en un mágico viaje de autorrealización? La propaganda se pone en marcha, se depura, se viste de emprendeuría y de viaje de formación a sabiendas que no volverás. Al poderoso le interesa nuestro éxodo. Lo que queda es manejable, sin llegar a alcanzar una ebullición que les zozobre.

Y mientras tanto, el ataque gratuito, la difamación, la naturalización de la moral tertuliana, el insulto, la política de pose y el desprecio siguen siendo lanzados contra nosotros para consumirnos.

Porque ellos son dueños de su tiempo. Y del nuestro.

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