Albano Cruz
[ web personal ]
[ status: active ]

Miedo para gobernar

Existen 3 formas de asegurar el orden: miedo, interés y denominaciones.
Han Fei Tse, filósofo chino. Hace 2300 años.

El miedo –irracional por no ser fruto del raciocinio, y no por carecer de raíz— es una de las emociones fundamentales. Responsable de mantenernos con vida en las situaciones en las que es posible que suframos un daño que perjudique nuestra existencia. Y si hace falta, una reacción tan poderosa que provoca un horizonte de sucesos a partir del cual ya no somos capaces de vislumbrar más allá de él. Al fin y al cabo, qué importará lo que suceda si no sobrevivimos.

Por ello, y desde perspectivas totalitarias y oligarcas, es una forma ideal de gobierno. El que lo sufre se ve privado de miras a largo alcance. Queda sujeto a decidir hasta el umbral inmediatamente anterior a su miedo. En él, se colapsa.

Ésta es la primera forma de gobierno aplicada en nuestro país. Hoy.

Su aplicación la vemos en la forma en la que es tratado el ejercicio de algunos de los derechos civiles. No casualmente los más vistosos. Los niños apaleados, los ojos reventados por pelotas de goma. La sangre. La escandalosa y aterrorizadora sangre. Desde la imposición del miedo inmediato, es importante propagarlo. Ver a las muchedumbres correr, sentir su pánico. Subrayar cómo unos pocos hombres preparados —los antidisturbios— son capaces de poner en fuga a miles de pacíficos manifestantes. Demostrar cómo unas decenas de agentes represores son más poderosos que decenas de miles de ciudadanos corrientes. La normalización del miedo.

Por eso se llama control de masas. Por eso se agrede. Se nos desplaza físicamente a través de unas pocas agresiones, pero que golpean donde más efecto causan. En la propagación del miedo.

Otra variante que este Gobierno pone en práctica es el miedo proyectado. El qué pasará si hacemos ésto o aquello, que sin duda será malo de no hacerse lo que ellos dictaminan.

Comienzan por el miedo a la agresión contra la que no hay defensa, la del Gobierno: “si vas a la manifestación serás golpeado, porque es normal ser lesionado e incluso muerto cuando uno ejerce un derecho civil”. Y continúan convocando al monstruo infantil: “no apagues la luz al dormir porque en la oscuridad del armario saldrán los mercados, las burbujas, las subidas de impuestos, o lo que es peor, el deterioro de la marca-españa”.

Decir una cosa y ejecutar la contraria es atraversarnos con los clavos del temor. El Gobierno se convierte en algo impredecible, y cuando algo impredecible tiene poder sobre nosotros nuestro futuro se retuerce y oscurece. Así es como Darth Vader asienta su halo de perversidad en El Imperio Contrataca. Primero pacta con Lando, y después, porque puede –no hay más razón– cambia el trato. Dos veces. Toma rizo de la perversidad.

Este Gobierno es por ello perverso. Hace del miedo físico empleado sobre sus gobernados y del proyectado sobre el futuro de todos nosotros su herramienta predilecta. Viste una aristocrática peluca de tirabuzones de maldad.

Y es aquí donde el miedo se solapa con el interés, la segunda forma de gobernar. Hoy también.

Cuando escogemos entre A y B ponemos en marcha el conjunto de nuestros intereses. Si hay miedo, realizamos una elección por descarte. Elegimos la que no nos provoca miedo, o la que menos nos lo provoca. Pero hay otras formas de interés no relacionadas con el temer nada, sino con el deseo de progreso.

He aquí donde hace su aparición la política de privatizaciones: “lo público funciona, lo privado es mejor, lo público no es malo, no hay que temer usarlo, pero lo privado nos mejora a todos, y cuesta incluso menos”.

Instaurar elecciones manipuladoras, falsas elecciones, transmitir un creíble conjunto de opciones posibles –pero restringidas según los intereses personales de quienes gobiernan– es incluso más efectivo que provocar miedo. Quien así opta entre A y B no es consciente de la realidad velada que se le escapa. El Gobierno no es más que un arquetípico estafador vendedor de coches de enésima mano. Hasta la médula.

Esas falsas opciones no pueden presentarse sin el ejercicio de la corrupción, sin el escamoteo de información a quien elige. Sin el abuso de quien puede decidir qué obviar, qué ocultar, sobre qué mentir. Es la manipulación de la libertad de decisión.

Pero hay una forma aún más sutil de control, esa tercera forma de gobernar. Los nombres, las palabras, las denominaciones. Qué llamamos a qué.

Ser despedido es perder los recursos que hasta ahora adquiríamos. Y “volver al mercado de trabajo” puede parecer encontrarse en un vergel de opciones y brillantes futuros posibles. Sin tener que aclarar mucho, es llanamente falso. El trabajador es la mercancía. Y quien administre los puestos de trabajo el comprador. La deslocalización de las producciones, la guerra de pobres para mantener a la baja los sueldos, todo ello mecanismos que aseguran un bajo coste de compra, y que revelan que no existe tal mercado de trabajo, sino del despido.

Ajustes, imagen, emprendedor, usuario. Todo ello redireccionamientos de vocablos existentes para que nos olvidemos de las experiencias recordadas en cada palabra original.

Meritocracia versus nepotismo. Parlamento versus Troika. Democracia versus plutocracia. Igualdad versus cleptocracia.

Así que no nos queda otra. Contra el miedo, el interés y las denominaciones tenemos que reaccionar. Con activismo, transparencia, y memoria.

// etiquetas // - filosofía - ciudadanía - activismo - autoridad - decisión - democracia - derechos civiles - emoción - interés - liberalismo - memoria - miedo - palabras - represión - sociedad - transparencia