Albano Cruz
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Dinero borrado

Partiendo de este tuit la recopilación es:

Ni valor de uso, ni valor de intercambio. Por debajo hay más. Y es que el dinero es una imagen en el sentido más Espectacular. A lo Baudrillard, sí. Porque ya no representa nada salvo el borrado de un apunte contable. El dinero es ya el hecho de asumir como transferencia el proceso de duplicación y borrado de un marcador en una memoria. Esta es la clave. Por eso dinero es una operación sintáctica de dos pasos. La duplicación inicial y el borrado posterior. Y nos creemos que es un solo movimiento, asumimos que es una transacción. Y que es equivalente a su supuesto representado, el desplazamiento en el espacio del objeto. Así que el dinero es aceptar el borrado de un marcador de estado.

El dinero es tal porque el emisor admite su destrucción.

Como marcador de estado, se ve claramente que es un descriptor. El dinero es significante puro. Es la sintaxis del borrado. Así que hay una doble fuente de autoridad de la que emana que el dinero es. Las que respaldan cada una de las dos operaciones. Una para el borrado, y otra para su escritura. Al funcionamiento armonizado de ambos es a lo que llamamos transacción. Al ser ese marcador de estado, es un descriptor identitario de estado sobre el que el identificado no tiene control alguno. Por eso es Espectacular. Porque es tanto imagen como sustituto del objeto (y además es una relación sustituta del objeto). Es creído como objeto dado y no como hecho.

Se ha delegado la función de creación del apunte de destino en la entidad bancaria. Y hasta ahora la destrucción era potestad del Estado, quien garantiza/fuerza que el dinero es destruido mediante la imposición normativa y la capcidad de castigo. Es punible no borrar tu descriptor de partida.

Pero esto va a cambiar. Una vez el dinero sea todo electrónico, ambas operaciones estarán en manos de agentes privados. Y entonces se abre la puerta al borrado remoto. “No admitimos esa tarjeta” es la anulación de un descriptor. Es la gradación entre dinero(s), que no es más que la elección de validez entre monedas. Negarse a aceptar un pago es no reconocer el borrado como válido.

Paradójicamente la moneda física es el último refugio de lo político. Porque es una objetivación de la transacción que ecualiza a las partes involucradas. La moneda, cuando se acepta, es independiente como objeto de la identidad del pagador, que es quien se convierte en la fuente. Ante un encuentro, lo mismo vale la cantidad «x» del emisor «A», que la misma cantidad del del emisor «B». En su cambio de posesión, de lugar, la moneda física sigue conservando la estructura de respaldo porque ésta es un tercero con categoría meta. El Estado, como metagrupo, como metaorganización. Así, tener la misma cantidad de dinero nos hace equivalentes, y con la misma capacidad de incidencia sobre el mundo. Esa igualdad es lo que construye ese espacio político.

En la transacción electrónica no sólo muta el descriptor. La moneda también se tiñe de quién la tiene. Que no es precisamente el titular del marcador. El dinero electrónico da el salto final y convierte todo es sujeto/identidad, gradado según el posicionamiento de quién decrete
y haga efectivas esas operaciones de escritura y borrado. Esas propiedades del objeto como pila de memoria, y de proceso como sintaxis de manipulación, van a permerar todas las demás capas. Y además, como descriptor de identidad que va a ser, se convertirá en la expresión real de las preferencias del individuo. Porque si todo cuesta dinero, y si todo acto es un proceso de pérdida asumida como inevitable, por fin el capitalismo tendrá lo que busca, un comportamiento perfectamente cuantificado según intenciones privadas.

Y así, aunque el sujeto no sea racional, será finito. Acotado. Y discreto. Y ésto La Máquina™ sí que puede manejarlo. Por eso el futuro de lo social es ser un subproducto del algoritmo. Por eso dinero e IA se van a fundir eliminando lo material. Nuestro hacer serán cuantos, y toda relación será su procesamiento económico.

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