Albano Cruz
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Soundgarden y la muerte

Sobre Chris Cornell y la Generación X. Algunos apuntes espúreos.

«Soundgarden» es uno de los tres grupos sin los que no se entiende la Generación X, que algunos hacemos algo más ceñida de lo que dicta la Wikipedia sobre los años que comprende. Son Nirvana, Pearl Jam y Soundgarden.

Aunque con un segmento de la Gen.X felizmente establecido (ay, la fortuna), la mayoría de una forma u otra vive lo siguiente: la 2ª Guerra Mundial crea un vacío poblacional del carajo. Con sus crisis previas y posteriores. Vive también la imbricación en lo cotidiano, de manera total, de lo industrial. Nacemos con sólo un pequeño residuo no-industrial en nuestra forma de vida. Una vida como producto de una estructura industrial que nos es lo natural.

En calidad, en disponibilidad, en cantidad.

Pero cuando vamos madurando, la narración de lo que hemos de ser y lo que debemos a la sociedad es irreconciliable con la realidad. La nueva forma de poder, que es la decisión sobre gestión de la producción industrial, nos es inaccesible. Porque en la pérdida de la inocencia tras las 2ª Guerra Mundial, Vietnam y similares, esos lugares de decisión están ocupados por nuestros padres. Que vivirán más. Mucho más que lo que se vivía hasta ese momento.

Efectos de la industrialización de la medicina.

Así que cuando estas figuras desaparecen no pasan el testigo a los inmediatamente siguientes, a nosotros. Se lo pasan a los que vienen detrás nuestro. Somos la generación puenteada. La que no es que esté de paso. Eso le toca a todas. No, la Gen.X es una generación anulada, porque no sirve. Cuando se produzcan huecos a rellenar, ya hay otra esperando.

Más joven, más duradera. Más adaptada a la velocidad del cambio tecnológico.

Somos la generación frontera. Y vemos las cosas pasar por encima de nuestras cabezas, en completa disonancia con lo que debería haber sido, mientras aún quien nos habla de la cultura del esfuerzo (tanto de origen del trabajo artesano como el del convencimiento meritocrático) nos recrimina no estirar la mano lo suficiente, porque casi estamos tocando aquello que tenemos que agarrar. Sea lo que mierdas sea eso.

Somos los mileuristas. La primera generación culpable de no revolucionarse, de no luchar, de no conseguirlo.

No es que seamos unos pobrecitos merecedores de compasión. No. Es que somos los primeros que hemos perdido la inocencia (no en lo posible, que eso corresponde a los que se encontraron los campos de exterminio) por la pérdida de sentido de la propia forma de vida de los nuestros. Hemos sido educados, culturizados, para la nada. Y somos los primeros en sentir y pagar los efectos de la hiperindividualización. Nuestro destino era triunfar en un mundo inexistente. Ese JASP del anuncio en realidad ha sido cremado por razones de salud pública tras una sobredosis de heroína en una acera de Tirso de Molina.

La música tiene sabor. La música tiene texturas. Y es en Seattle, el Detroit de los 90, donde la vivencia de esta vida sin sentido porque todo el mundo está perdido salta a las voces, a la distorsion, a los riffs, a las letras. Pero no como artista particular. Sino como generación entera. Como colectivo unido por el vacío de la tensión entre lo heredado y el páramo real. Y la identificación es inmediata.

Recuerdo las primeras escuchas de Nirvana. Ostras, habla de nosotros. De todos nosotros. No había ni que explicarlo. El grunge no se dirigía a ninguno de nosotros en particular. No tiene canciones de amor, no habla de un individuo al que le pasan cosas humanas. Son letras abstractas, son letras de la alienada caída de un amigo, de la inutilidad de lo cotidiano. De que nada construye. Eso habla de toda la generación.

Por eso Black Hole Sun es un icono generacional. Porque sólo podemos sentarnos a desear que llegue algo que nunca sucederá. Todos como colectivo. Y en esa espera, que queda transformada en observación, en contemplación de lo que sucede, vemos que somos el portazo de cierre de lo que debería haber sucedido (sanidad, universalidad, progreso, blablabla). Inercia, desesperanza, ausencia de identidad.

Es el sabor de la boca seca. Y eso está en Nirvana. Eso está en Pearl Jam. Eso está en Soundgarden. Adiós, Chris Cornell. Tu muerte marca el comienzo de la desaparición de mi generación.

Ya hay hueco en nuestras filas, no en el cuerpo de vanguardia. Ya está aquí. Cornell no es Bowie, es el primero de los nuestros. Lo es porque podríamos haber estado ahí. Podríamos haber sido él. No en su muerte, sino en su vida. La diferencia temporal hace de ser Bowie un imposible.

Pero sí podríamos haber sido Cornell. Estar alguno de nosotros donde él estaba.

Kobain fue una elección de retirada. No es fruto de la normalidad del paso del tiempo. Kobain también podría haber sido un accidente. O si atendemos al cruce entre lo industrial como naturaleza y la droga, una víctima de la ausencia de sentido. Pero la muerte de Kobain no es lo que corresponde a mi edad, a nuestra edad. La de Cornell sí. El tiempo se hace presente. Se hace mi presente, que es el nuestro. Si la muerte de los ídolos es el aviso de ser los siguientes, porque no hay nadie entre nosotros y el tiempo presentándose, la muerte del primero de los nuestros es la recepción de la carta certificada. Ya nos toca a nosotros.

Celebrémonos.

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