Albano Cruz
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Privilegios y opresión 3

Introducción

Tercer artículo/apunte sobre «Privilegios y opresión» (éste es el primero y éste otro el segundo, pero no es imprescindible leerlos antes). Este articulillo, aunque no formal, sí es analítico, y espero ayude a entender los argumentos de batalla, extremos y polarizados que a veces se hacen desde posturas feministas. Y cómo en la mayor parte de los contextos actuales de discusión, en especial los que no son académicos u honestamente intelectuales, está más que justificada dicha posición.

Busco sacar provecho de una explicitación ordenada del tema. Espero que quien ande preguntándose sobre el papel del hombre y lo masculino vea aquí un argumentario o una disposición de razones suficiente como para considerarla.

El riesgo

Lo primero que hay que admitir, y ahí está de forma innegable, es que ser mujer es una condición de riesgo. Para aquellos necesitados de pruebas, ya hay corpus suficiente de estadísticas, que son hechos sucedidos pasados y recogidos nada etéreos, que revelan la masividad del riesgo. Desde los feminicidios sin fin, hasta la diferencia salarial.

Quien no desee admitir y asumir que nuestro comportamiento social actual está siendo así, no está jugando al juego de la mejora y la reflexión. Y no hay que caer en confundir la explicación de por qué ésto es así con el hecho de que lo es. Explicar y fundamentar nos ayuda con la comprensión y el cambio, no con la existencia real de lo que sucede. Y lo real es que la cantidad de mujeres que mueren a manos de hombres es masiva. Lo real es que la cantidad de mujeres que sufren acoso y presión para acceder a relaciones sexuales es ingente (cuando lo que no sucede es directamente una violación). El abuso sobre la mujer, en cualquiera de sus formas, es una práctica social tolerada.

Quien busque la objetividad y racionalidad del asunto ha de comenzar por ahí. Ya no hay mito ni fantasía que valga. No queda más remedio que asumirlo. Una mujer es sujeto de riesgo.

Ahora, ¿son todos los riesgos iguales? No. Y no creo que sea necesaria una taxonomía exhaustiva del tema. Más aún, no hay que caer en el análisis probabilístico del riesgo, sino en el de las consecuencias. Porque hay riesgos que por poco probables que sean son terminales en sus efectos. Una vez sucedido el evento que lo caracteriza las consecuencias son absolutas. Su nivel de afectación del sujeto, del entorno, de la lesión, es de no retorno.

Todas las personas estamos expuestas a riesgos terminales. Todas. Pero no todas estamos expuestas a los mismos riesgos absolutos, ni tenemos la misma probabilidad de que ese riesgo se concrete.

Mi riesgo de morir, riesgo terminal por excelencia, no es el mismo en Europa que en Bagdad, dado el historial de atentados. Sin embargo si sucede las consecuencias son tan extremas que he de considerar el riesgo sí o sí. Y he de tratarlo como algo posible con independencia de su probabilidad. Y es esta diferencia entre posible y probable lo que hace efectiva una campaña construida sobre el miedo. El terror habla con la potencia de lo posible.

Mujer, ser riesgo terminal

Pues bien, ser mujer es un riesgo terminal. Si eres mujer, es posible ser lesionada y asesinada por el hecho de ser mujer. Porque ser mujer no es un hecho puntual y aislado. Ser mujer es un cúmulo de características, entre las que hay dos determinantes que quien abusa aprovecha: la menor capacidad física media (sí, somos una especie con dimorfismo sexual que incluye una distinta proporción muscular), y la posición social de inferioridad de la mujer (menos derechos, no fiabilidad por ser “más emocionales”, etc, etc).

Respecto al hombre medio, la mujer media tiene menos herramientas tanto físicas como sociales para inhibir a quien quiera abusar de ese ser mujer. Y si hemos entendido que un riesgo terminal es importante porque es posible, comprenderemos que una mujer tiene que vivir con la presencia de que es posible ser agredida, violada, asesinada. Porque sencillamente es posible que pase.

Parece correcto pensar que no todos los riesgos terminales son iguales. No es lo mismo el riesgo terminal de un meteorito destruyendo la tierra, que el riesgo terminal de un soldado o un piloto de fórmula uno. ¿En qué se diferencia el riesgo terminal de ser mujer de los demás?

Primero: el meteorito es algo dado. No depende de nadie. Es un evento sin intencionalidad. Al meteorito no le importa nadie en la más genuina concepción del término. El meteorito es un absoluto, es un riesgo para la totalidad. Sin ningún tipo de excepción. Su alcance es total en lo posible, y en lo concreto (afectará a la totalidad de los individuos). Es un evento exterior, ajeno a la biología del sujeto y a su cultura.

Segundo: el soldado, que es algo hecho, entrega a sus superiores (se supone que voluntariamente en nuestro orden social actual) la asunción de la ejecución de ese riesgo terminal. El soldado obedece a cambio de algo, y asume o se resigna a que la muerte lo encuentre. Pero su exposición es voluntaria (asumamos que hay libertad de elegir), y es particular. Su muerte, su lesión es concreta sobre él, y social respecto a sus mandos. Su riesgo terminal no me afecta a mí, ni colateralmente, ni soy parte de sus condicionantes.

Tercero: el piloto de fórmula uno concentra sobre sí mismo la particularidad del riesgo (sólo muere él), no arrastra una cadena social de decisiones, y asume los fallos de su equipo humano y técnico, puesto que sabe que no hay mecánica perfecta. Por encima de todo, el deportista de riesgo es el arquetipo de la elección de lo extremo. Y que hoy se vende como el epítome de la libertad.

Sea el arquetipo que sea el que consideremos, vamos a tener la libertad de elección, los afectados por la posibilidad del riesgo, y el cómo se concreta sobre el sujeto o sujetos, como ejes de evaluación del riesgo.

Y como ya se puede adelantar, el caso de la mujer es el máximo extremo:

  1. No se escoge ser mujer como riesgo. No hay libertad en escoger la exposición. Lo que se escoge es sortear el riesgo, que no es lo mismo. Se elige disfrazarse, someterse, ocultarse. No se elige de la misma manera que se opta por saltar en paracaídas. El riesgo de ser agredida es constante en todo lugar.
  2. Ser mujer es participar de una condición al mismo nivel que ser humano. Todo entorno, todo grupo se ve tocado por el riesgo de ser mujer agredida. Porque no hay grupo humano independiente, ni aislado, ni autónomo respecto a las mujeres.
  3. La agresión a la mujer se concreta sólo sobre el individuo, sobre la persona, sobre la mujer como cuerpo finito. Es el extremo opuesto al exterminio producido por el meteorito. La agresión es sólo la suya.

Esto hace imposible para una mujer ignorar la posibilidad de la agresión. Y esa posibilidad convierte a todo hombre en una fuente de un peligro terminal. Con independencia de nuestra posición personal o nuestro autoconocimiento (nos sabemos/creemos no-agresores) los hombres somos un peligro a tomar en cuenta para las mujeres.

Cuando a una mujer se le pide que se resigne a no preocuparse por los pasos que siente a sus espaldas, cuando se le pide que confíe en un extraño, se le está pidiendo que renuncie a la valoración y percepción de su individualidad, y de su relación con el contexto. Se le solicita que ignore lo que día tras día es su cotidianidad. Se le está pidiendo sometimiento una vez más.

Las zonas seguras

De la misma forma que no es equiparable la violencia del agredido a la del agresor, no es lo mismo la autosegregación del oprimido que la segregación impuesta por el opresor. Dado nuestro orden social las mujeres deben poder tener la posibilidad de excluir a los hombres de lo que consideren necesario. No porque haya “cosas de mujeres” y “cosas de hombres”, sino porque hacen falta espacios y tiempos donde la certidumbre cancele el riesgo. Lugares y momentos en los que se expulse la posibilidad de ser agredidas, y donde la inercia social del sometimiento no tenga lugar. Y a esos momentos y lugares los hombres podemos ser invitados, pero sin olvidar que lo somos.

Sólo desde la segregación radical de contextos (como poco, a lo T.A.Z.) se puede redirigir la inercia social de abuso. Porque sólo creando la mejor de las estanqueidades la mujer puede escoger y filtrar a quien considere de bajo o nulo riesgo.

Mientras los hombres no asumamos ésto, seguiremos sintiéndonos ofendidos (que no agredidos, porque no es lo mismo). Y creeremos lícito hacer un notallmen, rechazando entender la necesidad más que fundamentada de generalizar que todos los hombres oprimimos.

¿Entonces?

Como hombres, toca la proactividad, porque no serlo es consolidar el abuso. La inacción no es neutralidad. Y menos aún es ayudar. Toca ponerse al servicio de. Toca admitir que quien ha de definir lo que es igualitario es la mujer. Toca ser merecedores de confianza, que no se da ni se regala, sino que se gana. Toca separarse de la inercia social de amenaza. Toca ayudar obedeciendo a construir esos espacios de seguridad.

Sólo así ser mujer dejará de ser un riesgo terminal.

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