Albano Cruz
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Reflexión zombi

Visto que en efecto el “asunto zombi” es un tema de creciente preocupación, puede ser conveniente que empleemos algo de tiempo en reflexionar sobre ello. Los huecos temporales de ascensores y autobuses son válidos para este fin. Tiempos algo muertos en los que por no cruzar conversaciones forzadas con los demás nos convertimos en proto-regresados a los que sólo les falta gemir lastimeramente.

Además, no hace falta pensar mucho. Al fin y al cabo los zombis son lentos y patosos. No hay prisa.

enlace: http://tinyurl.com/2vets3f

Como bien ya se hizo notar en los comentarios del post The Walking Dead (http://tinyurl.com/33m39uk), la tendencia a buscar temas relacionados con zombis en internet parece que tiene un incremento estable desde finales del 2008. ¿Por qué? ¿Se están poniendo de moda?

Mi opinión al respecto es que sí. Encajan con nosotros y nuestro momento actual mucho más que los sentimentalistas vampiros, los peligrosamente espontáneos hombres-lobo, y los maniáticos científicos locos. Y en un momento álgido de presencia sobrenatural en pantallas de cine, domésticas, libros y cómics, los zombis se van abriendo hueco. Como toda vasija receptora de la proyección de nuestros miedos y ansias, el zombi sigue siendo peligroso, repulsivo y sobre todo reflejo de una transformación involuntaria, dañina, destructora e irreversible (en casi todos los casos). Que carecen de todo glamour y poder de seducción, vamos.

Para empezar, tanto el Vampiro, el Hombre-lobo o el Sr. Hyde son fenómenos de corte individual. Claro que existe una estructuración social alrededor de ellos, reflejada tanto en los cuentos tradicionales como en la ficción actual (incluso el Jekyll de la BBC tiene familia y árbol genealógico), pero son transformaciones a “otro estado” individualizadas y de uno-en-uno. Pueden contemplarse tanto desde la perspectiva personal de la primera persona, como algo que le sucede a una tercera. Los zombis, no. La zombificación es algo que le sucede a los demás, y es masiva, horrorosamente masiva. Incluso en el capítulo de “New Year’s Day” (de la serie Fear Itself) la narración siempre discurre percibiendo a los otros zombis como lo que son, sin tener conciencia de que -siento el spoiler- la protagonista lo es. Vamos, que no es muy abundante la zombi-narración. Aunque es obvio. Pocos zombis son lo suficientemente inteligentes como para escribir un guión.

Podemos entonces establecer que al zombi comienza por caracterizarlo algo que le sucede a otros, no a mí. Y que desde luego tiene poco de admirable. No me concede un oído desarrollado, no huelo a mi novia a kilómetros de distancia, me desfigura sin transformarme en algo guapo, no soy más rápido. Y sobre todo, pierdo la individualidad.

Curiosamente, de estos cuatro arquetipos, el zombi es el único que regresa de la muerte. El Vampiro no llega a atravesar el umbral. El Hombre-lobo está lejos de morirse por mucho que le duela la metamorfosis, y Hyde no deja de ser humano al fin y al cabo. El zombi muere para luego levantarse de nuevo, y en no muy buenas condiciones. Las otras tres figuras son o bien formas de burlar a la muerte, o maneras de vivir aún más intensas lo que reste de vida. El zombi muere bien muerto y regresa para recordarnos que la muerte no tiene nada de bonito. Un proceso destructivo y degenerador que corrompe lo que sea que fuéramos. Por ello, no nos despierta la posible admiración que los otros sí.

Al atravesar la puerta de la muerte y volver, también vemos que la génesis es muy distinta. El proceso de Hyde es interno, fruto de un conocimiento prohibido o de un experimento fallido. El resultado de un acto consciente que afecta a su perpetrador. El Hombre-lobo es el resultado de una imposición externa. La maldición se propaga mediante un ataque, mediante un mordisco, o llegado el caso por herencia genética. Momentos en los que el transformado se ve involucrado en contra de su voluntad. El temido ataque a la luz de la luna. El Vampiro exige una comunión. Ser vaciado de la esencia interna, para ser completado de nuevo con el elixir de una nueva existencia. Muchas veces reflejado como algo ansiado o solicitado. Y tantas otras con la posibilidad de que el Abrazado decida si desea la nueva forma de vida o no.

El zombi es distinto. Como el Vampiro y el Hombre-lobo, se es zombi por causas externas. Pero con estructura viral. La aparición de zombis es una pandemia. La progresión de la zombificación es tan mastodóntica que es imparable e incontrolable. Sobrepasan en número las medidas de contención, y mientras a las otras figuras las ampara la ignorancia del no iniciado, los zombis suelen progresar gracias a la negación de la evidencia pristínamente clara. Cerca de un ataque zombi siempre hay autoridades que se empeñan en describir lo que está sucediendo de forma ridículamente falsa. Niegan drásticamente los paseos que la abuela se da por el jardín, y que persigue babeante al caniche de la vecina.

En una historia de zombis, el protagonista se da de bruces con lo sucedido. No hay cambio evidente gradual. Cuando se nota, es porque ya es masivo e irrevocable. Lo que provoca La Tragedia.

¿Cuál es esa tragedia en el caso de Hyde? La espiral alienante de la adicción a la droga transformadora. Quizás el ataque y muerte de alguien querido/cercano. Pero desde luego, la sustitución de la identidad primigenia por el nuevo ser, terminando en la aniquilación de la primera.

¿Y en el caso del Hombre-Lobo? El instinto incontrolable. Contradictorio de por sí. Esa parte animal liberada suele equipararse con el descubrimiento de una libertad cercana a lo Natural, a Gaia, a los espíritus ancestrales de la Madre Naturaleza. Pero que puede llevar también a un impacto frontal con la sociedad actual, causando daño a nuestro entorno cercano.

¿Y el Vampiro? Quizás sea algo más elaborado. La tragedia del chupasangres es la necesidad de su parasitismo. No reniega de la sociedad, ni busca el espíritu ancestral. Mata para vivir. Es la cúspide de la pirámide alimenticia. Tan sólo otro vampiro supone un peligro inmediato. Siempre y cuando sea “aún más vampiro”. Pero al mismo tiempo conserva una parte humana que le obliga a cierto enjuiciamiento moral sobre sus acciones. Un vampiro sin añoranza, sin resentimientos, sin pasión arrolladora no es un vampiro. Es otra cosa. Y como con los dos anteriores, esa necesidad puede llevar a dañar a alguien amado, y arrepentirse eternamente de ello.

Para el zombi, no existe esa tragedia. La tragedia es la destrucción de la sociedad, de la que dependemos para nuestra supervivencia. Con los otros tres podemos apañar alguna forma de coexistencia. Los zombis no atienden a razones. Además, el punto de no retorno para vampiros, hombres-lobo y científicos es indiviual y revierte sobre ellos mismos. En el caso del del zombi, la tragedia es para los supervivientes. Es una tragedia externa. Ajena al transformado.

Externa o interna, a los humanos que se enfrentan a estas cuatro amenazas le llega el momento de aniquilarlas. Siempre se puede echar mano de las fuerzas primigenias y primordiales -como el fuego- que parecen funcionar si llegan a completar el trabajo, así como la separación de la cabeza del tronco (¿metáfora de la escisión entre mente y cuerpo, quizás?). Pero cada figura tiene una manera distintiva de ser eliminada. A Hyde se le mata como a un humano normal. Al Hombre-lobo con plata, esencia alquímica lunar. El único material capaz de alcanzar su alma. Y al Vampiro o bien atravesando el centro de los sentimientos, el corazón, o iluminando sus tinieblas con la luz del sol, elemento que reconforta al acariciar nuestra piel humana.

Cuando un humano se enfrenta a un zombi, ha de destruir la cabeza. Desintegrarla, machacarla, pulverizarla. Y lo peor es cuando ha de hacerse frente a frente, reconociendo al muerto como lo que era antes, no pudiendo evitar empatizar en cierta medida. La tragedia vuelve a hacer acto de presencia, afilada aún más cuando el zombi a eliminar es la esposa, un hijo, o la abuela que sigue tras el caniche de la vecina.

Eliminar un zombi es aceptar la irreversibilidad del desastre.

Por último, el zombi no es malvado. No es consciente de sí mismo. No experimenta sus acciones malvadas, ni es consciente de las mismas. Es el último reducto del deseo de sobrevivir, que automatiza el comportamiento. El cuerpo convertido en una cáscara vacía irresponsable a la que no podemos culpar. Los otros protagonistas de este post en mayor o menor medida presentan cierta dosis de maldad. Todos ellos saben lo que son, y pueden buscar una forma de poner fin a la ejecución de actos reprobables.

Resumido a un párrafo, podemos decir que los zombis son mal karma grupal. Son una plaga urbana, incosciente de su maldad y peligro. Nos recuerdan las fatales consecuencias que pueden tener nuestras decisiones inconscientes sobre los demás. Receptores ideales para encarnar las amenazas invisibles, imparables y masivas que nos acechan en la frontera entre la ciencia, el progreso y la Naturaleza.

Normal que estén de moda.

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