Albano Cruz
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Fontanerías varias

Mi casa, 8 de la mañana en punto del viernes.

Han venido los fontaneros a arreglar la gotera del techo. Anteayer era sólo una gota ocasional. Ayer se desplomó parte del enyesado y algo de los cascotes del solado. Es un agujero respetable. Y huele fuerte.

Han comenzado a trabajar. Voy a terminarme el café.

Es raro. La geometría de la habitación parece cambiar sutilmente mientras trabajan. Ya no es rectangular. Más bien parece el interior de un trapecio. Pero al medir, los ángulos son de 90º. El olor es ahora extraño. Me he dejado el café en el salón.

Había dos fontaneros. Ahora sólo hay uno. El que queda insiste en que vino solo. No recuerda al otro. Pero hay pruebas.

Esa mano es grande. La del fontanero desaparecido. El pequeño dice que siempre ha trabajado solo. ¿Estaré delirando? El olor es vomitivo. La ventana se ha atascado. No hay forma de ventilar. El fontanero pequeño acaricia las tuberías podridas con lascivia.

El verde brillante de las paredes ahora es de aspecto mohoso. Pero no huele a humedad. Es más como décadas de heces humanas acumuladas. Hay agua marrón goteando sobre uno de los enchufes de la habitación. Chisporrotea de vez en cuando. Voy a desconectar el fusible.

No encuentro el cuadro eléctrico. No está donde estaba. Pero la pared parece limpia. No muestra nada que diga que había un cajetín.

Me dice el fontanero que esta casa nunca ha tenido cuadro eléctrico. Hace gestos muy raros con la cara. Y me pregunta si estoy bien. También me dice que tampoco he tenido nunca gato. Corro a la habitación donde lo había encerrado. No está. ¿Dónde está mi gato? ¿Por qué me habla el fontanero de mi gato? Sí veo el cuenco de comida de Triki. ¿Dónde está? El fontanero me sigue a todas partes.

He llamado a la aseguradora. Que manden a otro fontanero. A otros dos. Y que éste desaparezca. Me ha lamido el dorso de la mano. Su lengua era áspera como una lija gruesa. Y viscosa. Ahora me huele la mano igual que la peste que sale del agujero del techo. Me han cogido el teléfono en la aseguradora. Pero no me atiende nadie. Sólo se oye a alguien haciendo ruidos raros guturales y desesperados. Es como si tuviera la garganta obstruida con una nuez o un hueso de melocotón. Pero al mismo tiempo se ríe a carcajadas. He colgado.

Hace muchísimo calor. Como el calor húmedo que desprende la madera al pudrirse. Pero huele insoportable. No puedo abrir las ventanas. Están todas atascadas. Tampoco entiendo que fuera parezca de noche. Había amanecido.

¡Mi casa no tiene puerta! ¡No puedo salir! Es imposible. ¿Cómo he entrado, eh? ¿¿Dónde mierdas está mi puerta??

El fontanero ya no me sigue a todos lados. Esta quieto en una esquina desde la que no me quita ojo. Diría que se relame. He cogido una llave inglesa de la bolsa del fontanero desaparecido. Estoy acurrucado en una esquina del salón.

Vigilo.

Vigilo al fontanero y al agujero del techo. Huele peor. Y el boquete ha crecido. Espera, ¿son larvas? Lo son. El agujero ha crecido y supura larvas. Joder, qué asco. He matado a pisotones unas pocas. Hay demasiadas. Juro que el fontanero también supura larvas. Ya no se ríe, ni se balancea. Sólo me mira con cara de estúpido. He querido romper una ventana con la llave inglesa. No están. No están las ventanas. Ya no hay.

Cada vez huele peor. Y el fontanero comienza a hacer los mismos ruidos que el de la aseguradora al teléfono. Estoy asustado.

El fontanero quiere hacerme daño. Está claro por cómo me mira. Me he puesto una servilleta mojada en la boca para suavizar el olor. Voy a quitarme la ropa. Hace un calor insoportable. Esto parece un útero infectado de larvas. Hay muchísimas. Sudo a raudales.

Las larvas muerden. Una me ha hecho una herida. Es pequeña, pero escuece mucho. Y la piel alrededor se me ha puesto verde. Náuseas. Me he vuelto a vestir. Que muerdan la ropa. Tengo mucha sed. El fontanero no se mueve. Pero es cada vez más seguro que me quiere hacer daño.

Ahora sí que no se mueve. Le he machacado la cara con la llave inglesa. No se ha defendido. Ahora hay sangre por todo el salón.

Y esa viscosidad mohosa. ¿Es de las larvas o ha salido del cuerpo del fontanero? No sabría decirlo. El calor y la humedad confunden. Las luces de la casa parecen tiritar. Y han bajado de intensidad. Oigo maullar a Triki. He vuelto a la esquina-refugio. Sudo más. Se me ha inflamado la mano, por donde me ha lamido el fontanero.

O las habitaciones encogen, o crece el agujero. No estoy seguro. Hay agua de esta asquerosa empapando el suelo de toda la casa. De lo que queda de mi casa. Estoy seguro de que han desaparecido habitaciones.

¡Triki! Una larva me ha dicho que se ha metido por el agujero. Que es un gato listo y que ha escapado antes. Joder. El gato es listo.

Ya no tengo ni cocina, ni dormitorio, ni baño. Ni pasillo. Sólo el salón, y el cuarto. Y el agujero.

El agua podrida me llega hasta el tobillo. Me ha salpicado a la herida de la larva y arde como apagar una colilla en el párpado. Sólo puedo salir de aquí por el agujero. Ya no hay salón. No sé que hacer. Voy a armarme también con un destornillador. Y me lo pienso.

Me voy por el agujero. No quiero llenarme de agua podrida. No quiero tragar larvas.

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